Microrrelatos – 3

Os presento el tercer microrrelato de la colección, esta vez en un tono futurista al contrario que los anteriores.

Es el que más he disfrutado escribiendo hasta ahora y el que más me gusta, a ver qué opináis el resto. Acepto comentarios tanto aquí como en Twitter.

 

III.

Por fin llegó el día, ¡había esperado tanto ese momento! Ya era una niña mayor y sabía que su regalo por su octavo cumpleaños estaba esperándola abajo. ¡Estaba tan nerviosa! Pero sabía que antes de bajar a toda prisa por el elevador tenía que arreglarse para su gran día. Le habían enseñado cómo ser una buena señorita y con sus ocho años ya cumplidos tenía que demostrar que no se había olvidado de ninguna de sus lecciones.

Dejó que su roboniñera la sacara de la cama y la pusiera de pie en el suelo, donde dio un par de brincos de pura alegría. Se dirigió con pasos cortos y rápidos hacia el vestidor, una pequeña habitación octogonal en la que cada pared estaba cubierta con un espejo.

—Buenos días, señorita Waltham —dijo una voz femenina, suave y dulce que provenía de todas partes—. Feliz cumpleaños —añadió en el mismo tono invariable y sin mucha emoción.

—¡Gracias! —Contestó la pequeña Daisy, todavía sin poderse aguantar la emoción.

—¿Qué desea vestir hoy, señorita Waltham? —Preguntó la misma voz servicial.

—¡El mejor vestido que tenga! El más bonito, y el más elegante —respondió la niña sin pensárselo mucho.

La amable IA tardó unos segundos en contestar esta vez, tras los cuales la imagen de tres vestidos apareció proyectada en el espejo que estaba frente a Daisy y los adyacentes a este. Cuando la niña miraba al vestido central, bien derecha y con la espalda recta, podía ver cómo este quedaría en su propio cuerpo una vez puesto. Así hizo con el primero, un opulento traje blanco crudo con infinidad de diamantes en la falda que dibujaban la forma de distintas flores, esas hermosas plantas que Daisy solo había visto en fotografías muy antiguas y algunas películas.

La niña se miró unos segundos en el espejo, pero no parecía muy convencida.

—¿Desea probar con el siguiente, señorita Waltham? No parece gustarle el blanco.

—Sí, no me gusta este —contestó con las cejas fruncidas.

Siguió el mismo procedimiento con los otros dos vestidos. El segundo era de un color rosa muy intenso y tenía bordados con un hilo de oro auténtico una infinidad de criaturas en la falda, como cantes o pestoncas, pero también algunas extintas, como jirafas o elefantes. El tercero era uno sin mangas y de falda ancha con vuelo en la que se arremolinaban el azul y el verde como un mar agitado, variando su color al mismo tiempo que Daisy se movía, fruto de una cara tela cinetocromática. Era de sus favoritos.

—¡El azul! —Se decidió alegremente empezando a estirar los brazos hacia arriba.

La roboniñera, con ayuda de un brazo metálico que salía del techo y le ofreció el traje señalado, vistió con cuidado a la niña, que era incapaz de ocultar su sonrisa. Una vez lista, junto a Daisy se abrió un hueco en el suelo del que apareció un pequeño taburete en el que se sentó sin apenas cerciorarse de que estaba ahí. La roboniñera reguló su altura para quedar a una similar a la de la niña y acto seguido empezó a maquillarla con unos colores acordes a los de su vestido.

—¿Bien así? —Preguntó la roboniñera convirtiendo la superficie de su pecho cuadrado en un espejo.

—¡Sí! —Respondió Daisy que, aunque no estaba demasiado convencida, no quería perder más tiempo para obtener su regalo.

Sin decir nada más, se levantó del asiento de un salto y corrió hacia la puerta de su habitación. Ni siquiera iba a esperar a que ningún robot de transporte la llevara al gran salón. A pesar del esfuerzo, sabía que valdría la pena y que tardaría muchísimo menos.

No había contado con el tiempo que el elevador tardaba en llegar si no estaba en su piso, pero esperó todo lo pacientemente que pudo hasta que este llegó, ignorando al resto de robots domésticos que se encontraba por el pasillo y la felicitaban y saludaban al pasar.

Cuando el elevador llegó al piso inferior, casi se le escapa un grito de alegría al ver que ni siquiera tenía que ir al salón para recibir su regalo de cumpleaños. Su padre la esperaba allí con los brazos abiertos y, tras él, pudo ver el enorme paquete envuelto con un lazo rosa que tanto había anhelado.

—¡Feliz cumpleaños, mi princesa! —Exclamó su padre acercándose para abrazar a Daisy.

Pero esta no le estaba prestando mucha atención. Devolvió el abrazo brevemente sin quitarle los ojos de encima al enorme paquete.

—¿Es de verdad? —Preguntó la niña, emocionada, sin acabar de creerse que por fin lo tenía ante ella.

El hombre se rio y asintió.

—¿Por qué no lo compruebas? —Fue su única respuesta.

A Daisy no se lo tenían que decir dos veces. Corrió hacia el paquete, más grande que ella, y no dudó en tirar del lazo que lo mantenía cerrado, mientras sus ojos brillaban con la más pura alegría. Las paredes de este se abrieron con su propio peso al verse libres, desvelando por fin su contenido.

El niño, ubicado en el centro de la caja que había sido su hogar durante las últimas horas, yacía sentado y hecho un ovillo con la cabeza hundida en las rodillas que se rodeaba con los brazos. Su piel era más oscura que la de Daisy, pero era algo habitual en ellos. Y si no le acababa por gustar, se podía modificar más adelante. Muchas partes del cuerpo del niño tenían parte metálicas o de plástico, como un pie, un antebrazo y la parte superior del pecho.

Temblaba un poco, pero aun así se puso de pie y bien recto, mirando, como estaba programado, siete centímetros por debajo de los ojos de su dueña.

—¿Te gusta? —Preguntó el padre de Daisy acercándose para pasarle una mano por el hombro a su hija.

—¡Me encanta! —Exclamó ella abrazando, esta vez de verdad, a su padre.

La espera había valido la pena. ¡Por fin Daisy tenía su primer robot! ¡Y era perfecto! Justo como ella lo había deseado.

Nerea Luray, junio 2017

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2 comentarios en “Microrrelatos – 3

    1. En realidad no es ni lo uno ni lo otro, pero lo dejo a la imaginación de cada uno XD.

      Gracias <3. Es mi favorito por ahora :)

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