Microrrelatos – 4

En este cuarto microrrelato viajamos a una fantasía más clásica, y antigua.

Creo que no me convence del todo que cada vez me estén quedando más largos, pero al menos disfruto escribiéndolos. Como curiosidad diré que algunos, como este, están inspirados en sueños que he tenido y de los que consigo acordarme. Acepto comentarios tanto aquí como en Twitter.

 

IV.

El templo de Samsajah era, en días como aquel, un hervidero de gente. Solía ser mucho más tranquilo, con los monjes como únicos habitantes que meditaban y oraban en silencio. Pero en el día de Kalij-Xian todo el mundo venía a entregar sus ofrendas y rezar a los dioses que les bendijeran con un buen año sin visitas hostiles ni la furia de la naturaleza.

El templo de Samsajah tenía más de doscientos años. Se había construido de manera humilde, con una base circular no demasiado grande y un tejado con una suave pendiente adornado con multitud de tejas rojas y azules que brillaban con el sol. Pero a pesar de su modestia se popularizó en muy poco tiempo, convirtiéndose en un punto clave de peregrinación.

Eso le habían enseñado los maestros al joven Cheng, y para él era todo un honor ser aprendiz de los considerados mejores monjes de toda la región.

Como joven aprendiz, su tarea durante el Kalij-Xian consistía en supervisar las ofrendas de los visitantes, ofrecerles ayuda a quienes lo necesitaran, y mantener limpio el templo a ojos de los extranjeros y de los mismos dioses.

Había pasado una parte de la mañana barriendo el porche principal, desde el cual, y gracias a la falta de pared frontal, se veía perfectamente todo el interior del templo. Algunas columnas equidistantes delimitaban la planta circular del edificio, y entre la mayoría de ellas una pared resguardaba el interior de las inclemencias del tiempo. Entre otras no había nada, siendo estos huecos otras elegantes maneras, aunque solo permitidas a los monjes, de acceder a aquel santuario.

Junto a cada columna, sobre una pequeña tarima, había unas jaulas de finos barrotes dorados, similares a las de los pájaros pero lo suficientemente grandes como para albergar a un ser humano en su interior, forjadas de forma cilíndrica y rematadas en elegantes cúpulas de hilos de metal entrelazados.

Ahí es donde los dioses permanecían guardados y protegidos.

Los dioses no igualaban el tamaño de una persona, la mayoría apenas superaba el metro de longitud, por eso las jaulas eran lo suficientemente grandes para vivir cómodamente en ellas.

Entre los más visitados y venerados se encontraban Tian, el gallo; Shaoran, el lobo; Tao, el pavo real; Fa, la serpiente; y Ning, el elefante. Al menos entre los que estaba permitido visitar y venerar.

Era tarea de Cheng preparar las ofrendas antes de que los primeros visitantes llegaran. Así que después de barrer y fregar el suelo de todo el templo ante la atenta mirada de los dioses, el joven aprendiz de monje pasó el resto de la mañana anudando en la parte superior de cada barrote de cada jaula tres trozos de hilo sagrado. Era un hilo trenzado por los monjes del templo de Samsajah elaborado de una planta ancestral bendecida por los dioses que cultivaban en algún lugar alejado del santuario, un lugar secreto que los iniciados como Cheng no conocían. El hilo desprendía unos destellos oro y plata y un brillo sobrenatural, y al tocarlo cualquiera podía percibir el poder que lo recorría.

Cuando la gente llegó, algunos, los que menos, ofrecieron comida y ropa a los monjes, que pasaban la mayor parte del año alejados del mundo. Ellos se abastecían con sus cultivos y ganado, pero aquellas ofrendas también eran bienvenidas. Pero el verdadero ritual consistía en dejar esos mismos regalos a los pies de cada tarima con su respectiva jaula. Si el dios aceptaba la ofrenda, el visitante ya podía arrodillarse, junto a otros de sus iguales, alrededor de la jaula y así comenzar su oración mientras trenzaba un trío de hilos de un barrote libre. Esto se hacía en silencio, con la cabeza gacha y los ojos cerrados, y Cheng debía asegurarse de que así era.

Al terminar aquel horario de visitas a los dioses, el joven aprendiz tuvo que volver a barrer todo el suelo e introducir, una por una, todas las ofrendas en sus respectivas jaulas. Para cuando terminó y obtuvo la bendición de los dioses, ya había oscurecido, y los monjes de Samsajah ya encendían todas las velas del santuario, el incienso, y avivaban el fuego ancestral del sagrario para que siguiera ardiendo al menos doscientos años más.

—Cheng —lo llamó uno de sus maestros—. Los sabios han aceptado que te reúnas con nosotros esta noche.

El joven se puso pálido y miró inquisitivo a su maestro. No creía que aquel honor se ganara tan rápido.

—La asamblea ya ha comenzado, así que mantente en silencio y no molestes —añadió su maestro, con un tono algo nervioso que el joven no percibió como tal hasta acabada la reunión.

Cheng asintió y siguió, en silencio y cabizbajo, los pasos de su maestro que los conducían al sagrario. Se separaba del resto del templo con una cortina de pesada tela granate, a juego con los muros del edificio, pero tras esta se escondía una puerta oculta en una pared que amortiguaba mejor el sonido del interior y lo preservaba de oídos indiscretos.

La sala no era demasiado grande, pero para Cheng seguía suponiendo una gran alegría estar allí por primera vez, y por suerte para él, nadie hizo notar su presencia. En la pared del fondo, algo curva, los tres sabios permanecían sentados en sus respectivas jaulas sobre sus respectivas tarimas: Guang, el leopardo blanco; Huo, la leona; y Cong, el venerable tigre, en el centro, en la jaula más grande de todas. De hecho, Cong era casi tan grande como un ser humano, cosa que a Cheng le sorprendió e intimidó.

Los tres dioses sabios, además, tenían en sus cabezas unos ornamentados yelmos de hierro y bronce que brillaban tímidamente a la luz del fuego ancestral. Eran tan bastos y gruesos que Cheng se preguntó si no pesaban demasiado para aquellas pequeñas cabezas.

—… no tendrán ninguna oportunidad, lo sentimos —decía Guang en el momento en que Cheng entró con su maestro y se colocaba junto a los demás, cara a cara con los sabios.

—Pero son inocentes, no han hecho nada para merecer esta catástrofe —se quejaba uno de los monjes.

Los sabios negaron con la cabeza.

—Por más que nos supliquéis, no podemos hacer nada —contestó Huo, y Cheng no sabría decir si lo decía con severidad o aflicción.

—Los rezos no podían salvarlos eternamente —añadió el gran Cong, mirando fijamente a los ojos de cada monje—. Os hemos avisado con tiempo —concluyó en un tono que casi daba por terminada la discusión.

Cheng empezó a pensar que nadie había aceptado su presencia, como su maestro le había asegurado, que ni siquiera lo habían hablado. Tan solo quería que el joven supiera lo que se avecinaba y, con ello, que pudiera tomar una decisión y salvarse a tiempo.

Pero Cheng no quería irse. Era todo un honor ser aprendiz de los considerados mejores monjes de toda la región.

Nerea Luray, julio 2017

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Un comentario en “Microrrelatos – 4

  1. Me ha gustado mucho :D Sabía que algo iba mal desde la mitad del relato, no me daban buena espina los dioses. Me gusta mucho el estilo que tienes, creo que es muy lovecraftiano (odio la comparación) en el sentido de que planteas unas situaciones de las que no se puede escapar. De hecho, como buen cultista, Cheng no desea escapar de la situación en la que vive, y eso me gusta.

    Tal y como estoy viendo la evolución en tus microrrelatos, creo que tendrías mucha maña para el terror :) Aun así, escribas lo que escribas, sigue ♥

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