Microrrelatos – 6

Sexto microrrelato de la serie. He estado pensando si parar las publicaciones en agosto o no, pero de momento no creo que me haga falta. Pero si de pronto cesa la publicación, ya sabéis que es porque estoy de vacaciones.

Una caravana perdida en el desierto y una madre preocupada. Otro nuevo relato de fantasía en un tiempo indeterminado. Acepto comentarios tanto aquí como en Twitter.

 

VI.

Los días seguían sucediéndose, uno tras otro, al tiempo que el sol abrasaba la superficie de la tierra y la adornaba con sartenejas. No solían ver vegetación, ni animales, ninguna especie viva de ninguna clase, y mucho menos civilización remotamente cercana. El horizonte se extendía yermo hasta el infinito, como si caminaran sobre una hoja en blanco.

Cuarenta días, se decía Annie, cuarenta días desde que partieron con sus carromatos cubiertos en aquella improvisada caravana en busca de una tierra mejor. Y hacía ya más de diez que había notado cómo las provisiones que trajeron no serían suficientes para sacarlos con vida de aquel desierto.

Annie esperaba que al menos ningún adulto se volviera loco. Al menos los niños, en su ignorancia, se mantendrían más serenos, o eso quería creer.

Uno de esos niños era su propio hijo, Tony, y fue el primero que la vio. Escondida entre unas rocas, difíciles de ver con el brillo del sol, había un gran arbusto de ramas y hojas rojizas que brillaban de una manera curiosa, casi mágica, como si fueran las escamas de un pez. Entre sus hojas se escondían montones de pequeños frutos de color arenoso, redondos como canicas.

Tony había avisado a su madre, pero a Annie no le convenció la noticia. Le parecía inexplicable que aquella planta creciera allí, en mitad de la nada, y también le pareció inquietante la extraña manera en que la llamaba, como si la invitara a probar esos frutos.

“Es el hambre” se dijo Annie antes de mirar severa a su hijo.

—No debes comerlos —le advirtió—. Lo más probable es que sean venenosos. No nos podemos arriesgar.

Tony, desilusionado, bajó la cabeza y asintió. Su madre lo apartó de la planta, poco dispuesta a detenerse un segundo más.

Pero después de aquello, los días siguieron pasando y Tony empezó a enfermar. Annie pasaba las noches en vela, a su lado, haciendo la guardia por la caravana con la escopeta en ristre, pero a pesar de las insistencias de los demás, ya nunca durmió. Su hijo palidecía, tenía dolores de cabeza y náuseas. Se fue encontrando cada vez peor hasta que un día despertó con manchas rojas por su cuerpo como si fueran picaduras de mosquito o un animal mayor.

La propia Annie empezó a encontrarse cada vez peor de ver a su hijo y el médico que llevaban a bordo no sabía qué darle ya para calmar su dolor o poder frenar la rojez que se extendía por su cuerpo. Nada funcionaba.

—Encontraremos un pueblo pronto —le decía—. La gente de aquí sabrá qué hacer —trataba de consolarla.

Y Annie no quería perder la esperanza.

Cuando ya poco le importaba salir del desierto y más le preocupaba la salud de su hijo, lejos, en el horizonte, observaron lo que parecían unas aves sobrevolando un lugar de interés que era solo una mancha para Annie. Pero cuando se acercaron, deseó no haberlo hecho.

Los adultos pidieron a los niños quedarse en los carros y Annie dirigió una marcha que los acercara, armados, hasta el lugar descubierto.

Annie tampoco conocía aquellas aves. Eran grandes como halcones y sus alas se coloreaban de negro, rojo y verde. Sus picos eran largos y afilados y sus graznidos le recordaban al de los cuervos. Si les vieron, los ignoraron, sin inmutarse en su tétrico vuelo.

Allí mismo, a sus pies, una planta similar a la que Tony encontró crecía enorme y majestuosa con un brillo que la hacía parecer poderosa. Junto a ella, tendidos en el suelo, había tres hombres, o eso creía Annie. Tenía forma humana, pero su piel relucía roja y reseca, somo si el mismo sol los hubiera abrasado hasta morir. Sus cuerpos desprendían una frescura inusual, como si llevaran muertos poco tiempo y, sin embargo, los cadáveres parecían desgastados como si llevaran allí desde la época de las momias.

Nada más los acompañaba, ni ropa, ni mochilas, ni provisiones. Nada, ninguna pertenencia.

Algunos de sus compañeros se dieron la vuelta y se marcharon espantados, algunos vomitaron, otros simplemente volvieron con sus hijos. Solo un par se quedaron a observar los cuerpos junto a Annie.

—Vaya —comentó uno de ellos—. ¿Cómo crees que murieron?

Los labios de Annie permanecían cerrados y apretados, igual que sus ojos se quedaron clavados en la planta de hojas rojizas, como si la hipnotizara.

No dijo nada.

Nerea Luray, julio 2017

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