Microrrelatos – 8

Octavo microrrelato de la serie. Para este he de dar un agradecimiento especial a Laura Morán Iglesias, amiga y compañera naviera, que en uno de sus comentarios me dio la idea para escribir un relato sobre el terror que infunden los dioses. Además también es escritora y hace poco sacó su primera novela juvenil de fantasía y tenéis que echarle un ojo.

Los dioses no son siempre los omnipotentes ni los demonios los que huyen de su poder. Otro relato de fantasía en un tiempo incierto, pero muy antiguo. Acepto comentarios tanto aquí como en Twitter.

 

VIII.

Nadie hubiera adivinado con lo brillantes que habían sido los últimos días que iba a haber tal tormenta al empezar a caer el sol pasado el mediodía. Pero como todos sabían, el sol alto y claro en el cielo tampoco era una buena señal.

Las olas se levantaban varios metros sobre el mar, salpicando furiosas la aldea y chocando con gran estrépito contra el acantilado donde esta se alzaba.

Todo el mundo se escondía en sus casas, meras chozas destartaladas que, con tormentas como aquellas, no hacían más que envejecer a una velocidad antinatural. Pero como todos sabían, tampoco podían marcharse de aquel lugar.

Lai se abrazaba a su hijo, de apenas unos meses de edad. Había sido un milagro que, a su edad, hubiera podido parirlo, aunque… ¿quién creía en milagros allí? Su dios no obraba milagros.

Cerró los ojos, aterrorizada. No quería ser ella, no quería que fuera su hijo. Y sin embargo, con un extraño presentimiento, sabía que vendría a su casa.

La luz, brillante, cegadora, empezó a colarse entre las rendijas de puerta y ventanas. Había intentado taparlo todo bien, pero la luz siempre se cuela por los más pequeños rincones. Notó que se le acababa el aire, que un nudo en la garganta le apretaba, y así abrazó más fuerte al bebé que empezaba a despertar con aquel brillo y empezaba a llorar.

—Lai —pronunció simplemente una voz que venía del más allá, grave, hueca.

La mujer apretó más fuerte los ojos, la luz la cegaba. Y como si aquella misma claridad lo hubiera percibido, empezó a perder intensidad hasta que Lia creyó que era seguro abrir los ojos.

Allí estaba, más alto que su propio techo y aun así cabiendo erguido bajo él. Parecía un ser humano, pero su ropa y sus cabellos, blancos como la nieve, brillaban como si fueran el mismo sol. Sentía que el propio día se había colado en su casa. Sus facciones eran afiladas como las espinas de una rosa, y sus ojos eran claros y huecos como el abismo. Todo su ser parecía estar hecho de luz y de oro, como la más vanidosa de las joyas.

Frente a ella, el ser de luz mantenía una mano tendida con la palma hacia arriba, exigiendo su tributo, ella ya lo sabía. Pero no tenía nada que darle, nada que ofrecerle a cambio de sus vidas. En aquella aldea en mitad de ninguna parte, nadie podía conseguirse nada para pagar.

—¡Piedad, por favor! —Gimió Lai intentando mirarle a los ojos, aunque fuera una tarea imposible, no sabía bien si por el dolor que la luz le causaba en los ojos o porque los de aquel cobrador eran tan profundo que le obligaban a bajar los suyos—. No tengo nada, clemencia, mi señor.

El rostro inexpresivo arrugó un poco la frente y apartó la mano de la cara de Lai.

—Ya sabes las reglas: una moneda por vivir aquí.

—De verdad que no tenga nada, por favor… —repitió Lai mientras las lágrimas caían por su rostro y su hijo quedaba tan apretado contra su pecho que le quedaría poco para asfixiarse, si su propio llanto no lo ahogaba antes.

Sin estar muy segura de su suerte, Lai notó cómo su hijo desaparecía de sus brazos antes de que eso sucediera, apareciendo en los de su indeseado visitante.

—¡No, por favor! —Chilló sin poder erguirse para tomar a su bebé de vuelta.

—Hoy es su turno y mañana será el tuyo —respondió en su misma monótona voz que salía de todas partes y de ninguna a la vez—. Quizá deberías conseguir una moneda para ti -aconsejó.

Y con esas palabras, el ser de luz y oro se marchó igual que vino, entre los pequeños resquicios de puerta y ventanas.

Lai pasó el resto del día y la noche entre llantos, quizá desoyendo el consejo del ser de luz. También empezó a rezar a pesar de que nadie creía en los milagros, pues su dios no obraba milagros, pero ¿qué otra cosa le quedaba? Ni siquiera había oraciones para él, así que todo le tuvo que salir del corazón. Pidió piedad para su hijo, que alguien lo trajera de vuelta. Que pudiera tener la vida que nadie tuvo, quizá fuera de aquella aldea, pero sabía que su dios no podía hacer algo así.

—Tu dios no puede ayudarte —dijo una voz chirriante a sus espaldas, aguda e incluso dolorosa de oír.

La mujer se dio la vuelta, algo sobresaltada, pero su expresión se tornó pronto en una de aversión al ver al ser que tenía tras ella. Parecía un ser humano, pero en aquel rincón de la habitación parecía diminuto y miserable, haciéndolo parecer pequeño y nada intimidante. Nunca había visto una persona más horrible, sin apenas dientes en la boca, carente de un ojo y algunos dedos, vestido con harapos y agarrado a un cayado. Apestaba, a sudor, a hambre y a desesperanza. Apestaba al paso de mucho tiempo y a un suelo después de la lluvia cubierto de estiércol.

—¿Y qué otra cosa puedo hacer? —Respondió Lai recuperada del sobresalto, pues no se le ocurría otra cosa que decirle.

El ser pútrido se acercó despacio y Lai hizo un gran esfuerzo por no alejarse, ya fuera por miedo o por el hedor. Le tendió una mano hacia ella, con la palma hacia abajo y el puño cerrado. Dubitativa, la mujer abrió la suya como hizo el ser de luz, esperando recibir algo de las manos del visitante.

Una moneda reluciente, limpia y brillante cayó en su mano, tanto que no parecía real. Lai la miró con algo de incredulidad antes de alzar los ojos de nuevo hacia los de su salvador, pero este ya no estaba allí. Dio una vuelta sobre sí misma, aturdida, pero no había nadie más allí ni parecía que la puerta se hubiera abierto.

Lai miró la moneda de nuevo, quizá esperando que hubiera desaparecido en su mano, pero no fue así. Era una moneda de oro, de verdad, de las que el ser de luz pedía como tributo. Con ella podría pagarle, con ella podría salvarse.

Sin embargo, miró inexpresiva por la ventana, hacia la noche tan negra que parecía querer comerse su alma.

¿Qué sentido tendría?

Nerea Luray, septiembre 2017

 

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