Microrrelatos – 10

Y con este hacemos la decena. Siento que no hubiera microrrelato la semana pasada, están siendo unos días de varios compromisos y eventos que me mantienen muy ocupada. Os recuerdo que en dichos eventos podéis comprar algunas de mis obras como Galletas, El Burdel o El libro añil de los cuentos. Recordad que si os gustan estas historietas podéis contribuir a mi producción convirtiéndoos en mis mecenas.

Relato medio romántico en un futuro cercano. La idea surgió del diálogo de alguna película que emitían por televisión. Acepto comentarios tanto aquí como en Twitter.

 

X.

Se acordaba perfectamente de sus manos de largos dedos blancos, de sus ojos verdes como una esmeralda, de sus labios rojos y carnosos. Se acordaba de cómo se le paró la respiración cuando sus dedos se rozaron cerca del suelo al recoger la pajita que se le había caído. Se acordaba bien de su pelo castaño, lacio y brillante que le deslumbró bajo la luz de aquella mañana que se colaba a través del cristal de la cafetería.

Vestía como cualquier otra persona de la calle, con tejanos muy ajustados y un abrigo de pelo sintético de color rosa chillón, de esos que se llevaban en los noventa en las ciudades más turísticas. Tenía una prominente mandíbula cuadrada, era muy alto y con la espalda ancha.

Pero lo mejor de todo era su amplia sonrisa, una sonrisa que se volvió tímida cuando, por lo bajo, le susurró un “gracias” al darle la pajita que se le había caído.

—Banks, no he podido quitarme esa sonrisa de la cabeza en toda la noche —comentó a su chófer desde el asiento trasero de su coche—. Le brillaban los ojos… Qué sonrisa tan bonita —iba murmurando.

—No lo pongo en duda, señor Roser —respondió el señor Banks con su voz uniforme de seria mientras tomaba una esquina y se introducía en la avenida.

Ya era tarde y oscurecía. La calle se iluminaba con todo tipo de luces de colores y hologramas de grandes figuras publicitarias que a veces se te cruzaban en mitad de la acera. Los coches se deslizaban suavemente a unos centímetros del suelo sin hacer ningún ruido, dejando que se encargaran del jaleo la música de la ciudad cuando esta despertaba por la noche.

—Podría haberle dado mi número —continuó el señor Roser—. Los dioses saben si me lo volveré a encontrar.

—¿Quiere que lo busquemos, señor? —Preguntó servicial el chófer—. Buscando en el barrio con su descripción no debería ser demasiado difícil.

El señor Roser negó con la cabeza, distraído mientras miraba a través de la ventanilla.

—Quizá sea mejor así, un encuentro fugaz de miradas —suspiró.

Y quizá fuera cosa del destino cuando en ese momento, parados en un semáforo, el apuesto chico de abrigo llamativo pasó por la acera, junto a su coche.

Al principio pensó que alucinaba, o quizá fuera el holograma de un anuncio. Pero pronto se dio cuenta de que sus sentidos no le engañaban.

—¡Espera! —Ordenó a su chófer temiendo que arrancara cuando el semáforo cambiara de color.

Sin más dilación, el señor Roser bajó a trompicones del coche, sobresaltando al joven de sus pensamientos.

—¡Buenas noches! ¿Te acuerdas de mí? —Preguntó como saludo.

El chico, que pronto se tranquilizó, volvió a sonreír de manera tímida y asintió.

—No es fácil olvidar una cara como la suya —comentó con su voz suave—. Pero tengo algo de prisa, si me disculpa…

El chico hizo un amago de empezar a andar, pero el señor Roser le detuvo con un gesto y dando un paso en su dirección.

—Si vas a alguna parte, puedo acercarte…

—No, de verdad que no. Hay mucho tráfico, llegaré antes a pie.

El señor Roser hizo una mueca, pero no quería renunciar tan fácilmente

—Me gustaría invitarte a algo…

—No hace falta…

No dejaban de interrumpirse el uno al otro.

—Vamos, ni siquiera me has dicho tu nombre -le dijo el señor Roser con una sonrisa sincera y algo ansiosa.

El chico sonrió más ampliamente y negó con la cabeza.

—No nos conocemos tanto. Quizá sí debería invitarme a otro café. Al amanecer, para desayunar…

Dicho aquello y con una sonrisa nada tímida y más bien enigmática, el chico comenzó a andar, guiñándole un ojo al señor Roser como despedida.

El hombre, algo ensimismado por aquella nueva sonrisa, se quedó clavado al suelo, ajeno a los pitidos que el tráfico profería hacia su coche parado junto a la acera, pensando en aquellas palabras.

—Al amanecer —repitió con voz queda.

 

El chico de abrigo rosa chillón acudió, como cada mañana, a su cafetería preferida, al amanecer, para su café del desayuno. Sin embargo, antes de cruzar la puerta de entrada, un chaval, un niño callejero, le detuvo y le tendió un ramo de rosas moradas. Acto seguido el niño desapareció.

El joven, algo confuso, miró al interior de la cafetería para comprobar que, como sospechaba, el señor Roser estaba dentro, mirándolo con una amplia sonrisa, sentado en una mesa con dos cafés, aunque no estaba acompañado, todavía. Su sonrisa era ensoñadora e, inconscientemente, el joven dibujó la misma de vuelta.

Bajó entonces la mirada, mientras se decidía a atravesar la puerta. En el ramo había una tarjeta con una única palabra, una que le hizo sonreír de oreja a oreja: la del nombre del destinatario.

“Albor”.

Nerea Luray, octubre 2017

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